En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.
La presentación de los tres tesoros sagrados de la Vida Divina, que Dios otorga a los que se entregan totalmente a su gracia, muestra su presencia invisible, pero real.
Dios fortalece a todos los humanos, varones y mujeres, que al comienzo de la oración buscan en primer lugar el amor procedente de la fe. Los santos saben que si la fe no falta en nuestra oración, el Espíritu que vive dentro de nosotros nos mueve a la fuerza de la Fe personal.
¿Qué es la fe cristiana que respetamos y saludamos cada día? Es la seguridad de haber recibido, en la presencia invisible de Dios en nuestro ser, su vida misma. ¿Dios se presenta a los seres humanos que lo buscan? Sí, pero sólo en la sencilla entrega personal del silencio y la oración.
¿No vemos a Dios en la tierra? En parte sí lo vemos cada vez que lo buscamos en la oración interior. Pero sabemos que sólo lo vemos en el corazón. Dios no vive en los términos de nuestras seguridades personales, sino en el silencio absoluto de su invisibilidad.
La escritura sagrada dice que las mujeres que seguían a Jesús lo contemplaron en silencio absoluto cuando lo vieron muerto. Y aunque sabían que Jesús estaba con Dios después de su muerte, lo buscaron llorando hasta que lo vieron. ¿Dónde lo encontraron? En primer lugar, cada una de ellas, en su corazón. Luego, en su fe.
No veremos al Señor en nuestras tumbas sino en nuestras entregas personales después de la muerte. Como todavía no lo hemos visto en esas circunstancias, estamos a oscuras. Y seguiremos así hasta la resurrección universal. Pero no será algo como un sueño. Será la entrega absoluta en un instante que durará hasta el final de los tiempos.
Oscar Uzín, OP Cochabamba, Bolivia