La lectura de hoy (Lucas 9:11-17) presenta a los doce discípulos que seguían a Jesús tratando de resolver un problema: rodeados por la multitud que se reunió para escuchar las enseñanzas, se dan cuenta de que no tenían alimento para ofrecerlo a la multitud. Avisaron a Jesús, quien les dijo: “Denles ustedes de comer”. Ellos dijeron: “Sólo tenemos cinco panes y dos peces. ¡Aquí hay cinco mil personas!”. Jesús respondió: “Hagan sentar a toda la gente que está aquí”. Y luego, Jesús mismo les dio pan para todos.
Por supuesto, los discípulos no pudieron hacer después lo mismo que hizo Jesús: abrir las manos y llenar las canastas con el pan que aparece frente a ellos. ¿De qué sirve entonces esta historia del pueblo al que Jesús dio pan en el desierto? Claramente que no es para tratar de hacer milagros, lo que sería una falta inútil de tiempo. Porque hay que ir a comprar el pan.
La forma más sencilla de tener pan para darlo a los hambrientos es comprarlo en una panadería. ¿Cómo se debe actuar? Sacando el dinero del bolsillo, entregándolo al dueño de la tienda y finalmente repartiendo todo lo comprado a los hambrientos. Eso deber ser bien hecho. No tirar el pan a los pies del pobre, sino entregarlo respetuosamente a la persona necesitada.
Y eso es lo bueno: dar pan, o dar dinero, que es más elegante, a la persona necesitada. Es una de las mejores acciones del mundo, si se la realiza bien. Uno debe estar consciente, en primer lugar, de que Dios es testigo de lo que está sucediendo. Dar algo a un necesitado es una acción divina, en el sentido de que Dios la ve, Dios la acepta, y Dios la bendice. Pero hay que hacerlo bien. No se debe tirar el regalo al suelo, especialmente si es dinero para un necesitado, porque es un momento sagrado.
Aquí aparece una dificultad. Por alguna razón, mucha gente no recuerda si tiene o no tiene dinero en el bolsillo. También hay muchos que lo saben muy bien, declarando inmediatamente: “¡No tengo nada!”, aunque nadie esté a su lado. Hay otros que no están muy seguros, pero están tan apresurados, que sólo piensan que deben llegar a la esquina lo más pronto posible. Y también hay alguno que toca con cuidado su bolsillo buscando cuidadosamente lo más pequeño, para no equivocarse.
Hay tantos pordioseros en todas las calles de todos los pueblos de todas las naciones, que hay que caminar con cuidado para no pisarlos en las esquinas. Es una buena acción. Pero hay una forma sencilla y fácil de dar algo a los pobres de la calle, en tres movimientos. Primero: tener en el bolsillo más fácil el dinero correspondiente al día de hoy. Segundo: dar esa limosna tan pronto como llegue la oportunidad, y luego olvidarse del asunto. Tercero: no mencionarlo a nadie.