El ser humano se considera a sí mismo como el ser viviente más inteligente del planeta. La Tierra en que vive tiene elementos que parecen darle la razón. En primer lugar, el ser humano tiene la capacidad de pensar por sí mismo y hacer lo que quiere y cuando y como quiere. Se ve como el principal de los innumerables seres vivientes de la Tierra. Tiene también la capacidad de recordar los conocimientos acumulados acerca de sí mismo y del planeta en que vive. Por todo esto, la raza humana es orgullosa de sí misma, y está convencida de ser lo mejor de lo mejor. ¿Es así?
Así parecería. Pero, al mismo tiempo, la raza humana, que puede utilizar bien su capacidad de conocerse a si misma, ve los elementos negativos de su existencia. Y el primero es la muerte, absolutamente segura para cada uno de los seres vivientes de la Tierra , tanto humanos y animales, como incluso las plantas. Nuestra raza ha logrado mejorar su existencia, pero sabe muy bien que todos tienen el tiempo contado. Absolutamente, la muerte es segura para todos los seres vivientes de este planeta.
Cuando una persona ve su vida y su futuro claramente, y sabe que morirá tarde o temprano, puede sentirse atrapada por la naturaleza común, o tal vez por una fuerza malvada. Pero esos son sufrimientos innecesarios. Lo lógico es que el ser humano conozca su seguridad de morir y la acepte con sencillez. Es absurdo odiar a la muerte, que es lo único que conocemos con absoluta seguridad de su existencia. El ser humano bien formado y dueño de sí mismo debería prepararse, a lo largo de su vida, para morir con dignidad. Tal vez sea algo difícil. Pero no lo sabremos sino al final.
Las diversas religiones humanas tienen sus formas propias de ver a la muerte. En Bolivia, nuestra patria, hay un respeto especial por esa realidad, como lo vemos en el día de Todos los Santos, cuando en cierto modo se pierde el terror a la muerte y se piensa en los difuntos fraternalmente. Además reconocemos que el poder de la muerte es invencible, y que, frente a esa realidad absoluta, es mejor aceptarla en silencio.
Pero hay que recordar que ningún ser humano conoce la realidad de la muerte hasta que le llegue la hora de morir. Por supuesto se dice mucho de ella, pero en realidad no tenemos un conocimiento exacto. La humanidad la declara en silencio, lo que es la manera de despedirse de un ser amado. Pero los cristianos tratan de encontrar su consuelo en la muerte de Jesús. Es posible que eso sea bueno para vencer el miedo. Jesús dijo a Dios: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu”. Eso fue lo único necesario.